Por: Marcela Patricia Estrada Arango
Desde los años sesenta en la que fue considerada la III
Revolución Industrial, comenzó a hablarse de la denominada “Sociedad del Conocimiento”, “sociedad
de la red” o “sociedad de la
información”, la cual surgió como consecuencia de las transformaciones
económicas, sociales, políticas, culturales y educativas que se estaban viviendo
al pasar de una sociedad industrial a postindustrial. Al darse estos cambios, el conocimiento
comenzó ha ser visto como un recurso económico, sustituyendo al trabajo, a las
materias primas y al capital como fuentes de productividad y de crecimiento. Estas sociedades postindustriales científicadas
y academizadas, registraron notables cambios en las áreas tecnológicas y
económicas con la aparición de las denominadas tecnologías de la información y
la comunicación.
Desde ese momento, a través de diferentes medios
tecnológicos y de comunicación masiva, la sociedad comenzó a estar más
informada al vencer barreras como el tiempo y el espacio; el conocimiento dejó
de ser de unos pocos para comenzar a “democratizarse”, ya que todos tenían el
derecho a originarlo y compartirlo gracias a la rápida evolución de las
TIC. Ha sido tal el poder alcanzado por dicho
conocimiento, que éste ha venido
desplazando a los recursos naturales, a la fuerza de trabajo y el dinero, como
variables claves de la generación y distribución del poder en la sociedad. (TEDESCO, 2000)
Ante esta gran posición y ser la causa de
las grandes transformaciones en la organización social, económica y política,
vale la pena definir qué es el conocimiento,
el cual es visto como ese conjunto de información almacenada
mediante la experiencia y el aprendizaje a través del ejercicio de la
introspección. (FERRATER, 1984).
Pero para que haya conocimiento requerimos
primero de la información, la cual es definida como ese conjunto de datos
ya procesados que tienen un significado y una utilidad, teniendo como insumo
los datos, considerados como la
unidad minima semántica que por si solos no tienen relevancia, ya que no
orientan a la acción al no tener un contexto ni un significado. (LUBAIN,
2011)
Vale la pena preguntarnos entonces, hacía dónde debemos orientarnos en la
actualidad. En mi opinión, debemos dirigirnos
hacia la que muchos han definido como la “Sociedad
de la Sabiduría”, este último concepto entendido como la habilidad para juzgar de manera adecuada el
cuándo, cómo, dónde y con qué objetivo se emplea el conocimiento adquirido a
través de la mezcla de experiencias, valores e información. (FERRATER, 1984).
Dentro de esta denominada “Sociedad de la Sabiduría”, ya se habla
del incremento del conocimiento disciplinario y el surgimiento de nuevas disciplinas y
subdisciplinas, algunas de ellas de caractér transdisciplinario. (Bernheim,
2000) Para enfrentar estas nuevas transformaciones, los profesionales del siglo
XXI deben de tener ante todo disposición
para el cambio, un cambio cada vez más acelerado y creciente, que busca
satisfacer la necesidad de ampliación y renovación incesante del conocimiento.
Estos cambios cada vez más acelerados nos llevan a
pensar en los retos que debemos asumir para construir una
verdadera “sociedad del conocimiento”,
llegando por qué no, a la “sociedad de
la sabiduría”. En mi opinión, el
primer gran reto es lograr el trinomio “educación, conocimiento, formación
ciudadana”, donde el conocimiento sea visto como el elemento esencial para el desarrollo
de las sociedades. Para ello requerimos
de la producción de nuevos conocimientos, la cual exige una sociedad con
individuos y profesionales creativos, innovadores y libres.
Por otra parte, en la “sociedad
del conocimiento”, el individualismo es visto como un elemento de
autoexpresión, respeto a la libertad interna y a las distintas maneras de
pensar y actuar. Los individuos en la
actualidad tienen un deseo constante de autonomía y libertad individual, el
cual vive en tensión constante con el denominado compromiso social. La sociedad multicultural de hoy requiere de
individuos, hombres y mujeres, que desarrollen habilidades de expresión, que
aprendan a convivir con la diferencia y ha aceptar dicha diversidad.
Sobre la necesidad de este trinomio, el
teórico Manuel Castell, manifestó que “No
hay otro remedio que navegar en las encrespadas aguas globales… Por eso es
esencial, para esa navegación ineludible y potencialmente creadora, contar con
una brújula y un ancla. La
brújula: la educación,
información, conocimiento, tanto a nivel individual como colectivo. El ancla: nuestras identidades.
Saber quiénes somos y de dónde venimos para no perdernos a dónde vamos”. (Castells, 2006)
De igual manera, para
otros teóricos (Bernheim, 2000), una respuesta
a la crisis de la sociedad contemporánea, puede ser lo Bernheim llama: “La
educación permanente”, donde el aprendizaje deliberado y consciente no
puede circunscribirse a los años escolares y hay que lograr la reintegración
del aprendizaje y la vida, es decir, “Aprender a aprender”.
Esto nos
lleva a señalar que nuestros niños y jóvenes deberán desarrollar ciertas
competencias básicas contempladas en el aprendizaje contemporáneo y
estratégico, entre ellas las siguientes:
ü Capacidad de resolución de problemas
|
ü Capacidad de adaptación a nuevas situaciones.
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ü Capacidad de seleccionar información relevante de los ámbitos del
trabajo, la cultura y el ejercicio de la ciudadanía, que le permita tomar
decisiones fundamentadas.
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ü Capacidad de seguir aprendiendo en contextos de cambio tecnológico y
sociocultural acelerado y expansión permanente del conocimiento.
|
En
este caso, dentro del trinomio anteriormente explicado, la educación debe
promover la formación de individuos cuya interacción creativa con la información
les lleve a construir conocimiento; donde la enseñanza sea un proceso de
creación y no de simple repetición.
Estos nuevos
paradigmas educativos y pedagógicos, se fundamentan en los aportes de la
psicología y de la ciencia cognitiva sobre cómo aprende el ser humano, y nos
conducen a reconocer que el estudiante de hoy no sólo debe adquirir información
sino también debe aprender estrategias cognitivas, es decir, procedimientos
para adquirir, recuperar, analizar, interpretar y utilizar dicha información
para enfrentar problemas y situaciones reales. “Educar,
nos dice Paulo Freire, no es transferir conocimiento sino crear las condiciones
para su construcción”. (Freire, 1997) Por su parte, Jean
Piaget, insiste en decirnos que “el
sujeto educando no copia, transforma”.
Por todo
esto, me atrevo a decir que en un mundo en un proceso de cambio tan acelerado,
lo que se ha denominado “La educación permanente”, sirve como una respuesta
pedagógica estratégica que dota a los estudiosos de hoy de las herramientas que
les permitirán adaptarse a dichas transformaciones y a los cambiantes
requerimientos del mundo laboral basados en el conocimiento.
En la educación
para el siglo XXI, como lo dice la “Declaración Mundial sobre la Educación para Todos” (Jomtien,
1990), lo importante son los aprendizajes
realmente adquiridos por los educandos, que se traduzcan en un
desarrollo genuino del individuo o de la
sociedad, de suerte que adquieran conocimientos útiles, capacidad de raciocinio, aptitudes y
valores.
Pero dentro de
este nuevo paradigma educativo basado en la participación de las nuevas
tecnologías de la información y la comunicación, cuál es el papel que deben
jugar los docentes, profesores, maestros, facilitadores, motivadores, guías o
tutores. Estos están llamados a orientar
a sus estudiantes a aprender a trabajar, investigar, crear, innovar, resolver
problemas reales, tomar decisiones y no seguir memorizando teorías y hechos sin
sentido.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:
·
ALTABACH, P. G.
(2009). Educación Superior comparada. El conocimiento, la universidad y el
Desarrollo . Buenos Aires : Universidad de Palermo, Col. de Educación
Superior .
·
BERNHEIM, C. T.
(2000). El Rol del docente en la educación superior del siglo XXI. Santo
Domingo : Consejo Nacional de Educación Superior .
·
BRUNNER, José
Joaquin. (2000). Peligro y Promesa: la educación superior en América Latina. En
Educación Superior latinoamericana y organismos internacionales: un análisis
critico. (pág. 93). Calí: Unesco, Boston College.
·
CASTELLS, M.
(s.f.). La Sociedad Red. Alianza Editorial .

